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Educar en la diversidad

En cualquier caso la familia y el sistema educativo deben garantizar su desarrollo integral como persona... y por eso desde FXLD te proponemos materiales y recursos adaptados para incluir la diversidad afectivo-sexual en las aulas y en las familias.

25 de marzo del 2010  /  Padres / Madres
“Deduzco, por su carta, que su hijo es homosexual. Lo que más me impresiona es el hecho de que usted haya omitido este término cuando me ha hablado de él. ¿Puedo preguntarle por qué lo evita? La homosexualidad, desde luego, no es necesariamente una ventaja, pero tampoco es nada de lo que haya que avergonzarse. No es un vicio, ni un signo de degeneración, y no puede clasificarse como una enfermedad. Más bien la considero una variación de la función sexual, originada en una detención del desarrollo sexual” (S. Freud, Carta a una madre. Viena 9/4/1935). [1]


Al introducirnos en el tema de la homosexualidad, para algunos tan candente, es imprescindible dejar en claro ciertos conceptos. Uno de ellos es la diferencia que existe entre sexo y género. Al primero se le asigna una realidad biológica: diferencias entre el varón y la mujer, incluyendo la diversidad de sus órganos genitales y las particularidades endocrinas que la sustentan. Es aquello considerado invariable a través de la historia y las culturas. El segundo es una construcción social aludiendo a dos categorías: lo masculino y lo femenino. “Por ejemplo, las investigaciones comparativas entre adolescentes de las Islas de los Mares del Sur y de los Estados Unidos que realizó la antropóloga Margaret Mead a mediados del siglo XX, revelaron que es la sociedad la que enseña a sus miembros a comportarse como hombres o como mujeres y que este comportamiento cambia de acuerdo con la época y lugar en que se vive.” (Organización Panamericana de la Salud, Hablemos de salud sexual. Panorámica de la Sexualidad y la Salud Sexual. Sexualidad y género, México, 1998). Así definido, el género, es el aspecto más cultural de la sexualidad.

Otro concepto para tener presente es el de la orientación sexual. Esta es definida como la inclinación o preferencia de un ser humano hacia miembros del sexo opuesto (heterosexualismo), del mismo sexo (homosexualismo) o hacia ambos sexos (bisexualismo). La orientación sexual está íntimamente ligada a la elección del objeto sexual y hacia quien va dirigido el deseo. La orientación sexual se define en la adolescencia y no es necesario el pasaje por una experiencia sexual. De hecho, existen varias teorías sobre la génesis de la orientación sexual. Esto ha sido motivo de intensos debates y discusiones que sólo han servido para radicalizar más el tema. Probablemente sea el producto de una entramada red de factores biológicos, psicológicos y sociales.

La orientación sexual difiere de las conductas sexuales que expresa una persona. Estas últimas están más relacionadas con la historia personal, los sentimientos y la autoestima, ya que cada uno decide expresar o no su orientación sexual a través de ellas. Esto es más común entre las personas homosexuales o bisexuales. Al tomar conciencia de que la orientación es diferente a lo “normal” de lo que establece la sociedad en que viven, se sienten diferentes y solas y con temor a ser rechazados por sus familias, amistades personales, laborales, instituciones educativas y religiosas. El ser señalados como “perversos” es vivido como un estigma. “Uno no es responsable de tener tendencia homosexual; nadie es responsable. Y esto es necesario considerarlo desde el punto de vista ético y moral. De la misma manera que no soy responsable de sentir bronca contra mi hermano, esto es lo mismo, nosotros no podemos inventarnos sentimientos, ni podemos inventarnos una orientación sexual determinada. Es algo que uno siente. Como decía san Ignacio: una cosa es sentir y otra es consentir. Sentir que uno es así, pero cuando uno reacciona no quiere serlo”.[2]

La homosexualidad es un hecho, fenómeno, estado o como quieran llamarlo ante el cual resulta difícil adoptar una postura objetiva y neutral. Las distintas teorías siempre se ubican en los extremos y van de la aceptación incondicional a la incomprensión total. Cada una se sienta sobre su propio paradigma. Se adopta una interpretación que siempre es combatida desde el lado opuesto. Les es imprescindible dar una definición que ponga de relieve la veracidad de sus teorías. Buscan origen, causas, consecuencias y se olvidan de los hombres y mujeres homosexuales o bisexuales.

Concuerdo plenamente con Eduardo López Azpitarte al afirmar “que no existe la homosexualidad, sino personas homosexuales; y evidentemente, cada una llegará a vivirla de manera distinta, según sus rasgos personales”. Esto debería cambiar nuestra mirada.

Pareciera que hoy, en nuestra sociedad, hay una mayor aceptación hacia las personas homosexuales. Pero no nos engañemos, aun sigue existiendo el miedo inconsciente hacia lo diferente lo que lleva a construir barreras para defenderse de una posible amenaza o “contagio”. Miedo que toma la forma de agresión, desprecio, sentimientos de compasión, lastima y rechazo en diferentes grados. Aun hasta los defensores más acérrimos utilizan una terminología relacionada con esta orientación para injuriar a otros y herirlos en lo más profundo de su ser como si se tratara de algo humillante y vergonzoso… “Cuanto más agudo sea el fanatismo y la repugnancia frente a los homosexuales probablemente sea porque existe una necesidad mayor de ocultar su existencia o una absoluta negativa a reconciliarse con la propia verdad”.[3]

Cada persona homosexual vive su homosexualidad, muchas veces, no como quiere sino como puede. Si bien hay quienes, que por una fragilidad psicológica la han reducido al plano de los vínculos sexuales viviendo un clima de promiscuidad, sería injusto determinar que todos, los homosexuales, actúan de esta manera. Por otro lado, las mismas deficiencias, inmadurez y limitaciones se dan entre los heterosexuales. “Desde la perspectiva psicológica –sea cual fuere su orientación- es posible vivirla de una forma inmadura, pues alcanzar un nivel de oblatividad, como meta de maduración, resulta difícil para todos. Por eso, dentro del mundo homosexual pueden darse sin duda bastantes diferencias y divisiones, de acuerdo con la personalidad de cada individuo.” [4]

Es necesario ser capaces de aceptar a la persona homosexual como merecedora de nuestro respeto y estima para que no sea falso e hipócrita cualquier intento de ir en su ayuda, o simplemente para aparentar una superación del tema. Esto requiere dejar de lado muchos prejuicios heredados socialmente, como así también los elaborados por nuestros miedos inconscientes. Debemos tomar conciencia, sobre todo en nuestros ambientes educativos y religiosos, tan reprimidos y represores, que ese otro que esta ahí, homosexual o no, es mi prójimo. Si una persona abre su interioridad hacia nosotros debe ser motivo de alegría y agradecimiento nacido no de una obligación o de un compromiso, sino de algo que brota desde nuestra interioridad.


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